La Casa de Trastamara

La dinastía Trastamara subió al poder en Castilla tras la muerte de Pedro I (1350-1369), el hijo primogénito de Alfonso XI. Pedro I, conocido como Pedro El Cruel, continuó la línea política de su padre para afianzar la autoridad del rey. Ello le valió el enfrentamiento con la nobleza, que, para librarse de él, apoyó a su hermanastro Enrique de Trastamara. Tras una guerra entre ambos hermanos, Enrique mató a Pedro en el año 1369, y se alzaba al trono. Comenzaba con él la dinastía Trastamara.

Globalmente, el reinado de los Trastámara en Castilla se caracterizó por el refuerzo de la autoridad monárquica, fomentando el desarrollo económico impulsado por la burguesía e introduciendo a Castilla en la diplomacia europea. Esta modernización de la Monarquía convirtió a Castilla en una gran potencia europea, capaz de imponer su hegemonía en la península Ibérica.

Trastamara

La casa toma su nombre del Condado de Trastámara, título que ostentaba antes de acceder al Trono Enrique II, el de las Mercedes (1369-79), por haber sido adoptado por el conde Rodrigo Álvarez. Como hijo bastardo de Alfonso XI y Leonor de Guzmán, le disputó el trono a su hermanastro, Pedro I, el Cruel; tras una guerra civil, en 1369 le asesinó y ocupó el trono.

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El nuevo rey, Enrique II de Trastamara (1369-1379), tuvo que pagar a los nobles los favores que le habían hecho, pues sin su apoyo no hubiera llegado a ser rey. A su muerte resurgió la lucha nobleza-monarquía, característica esencial de la política castellana de los siglos finales de la Edad Media. La lucha se establecía entre unos monarcas que querían acumular cada vez más poder y unos nobles que no querían perder los privilegios que habían acumulado.

A la muerte de Enrique II, subía al trono su hijo Juan I (1379-90). Éste consolidó en el trono a la dinastía, rechazando una invasión portuguesa en apoyo de las pretensiones del duque de Lancaster, Juan de Gante, que reclamaba sus derechos como yerno de Pedro I. Juan I quiso entonces anexionarse el reino portugués, pero fue derrotado en la batalla de Aljubarrota (1385). Le sucedió en el trono castellano su hijo Enrique III, el Doliente (1390-1406), durante cuyo reinado Castilla conquistó las islas Canarias. Ante el Cisma de Occidente, que dividió a la Iglesia entre dos papas rivales, apoyó al papa de Aviñón, el aragonés Benedicto XIII.

Le sucedió su hijo Juan II de Castilla (1406-54), cuyo reinado estuvo marcado primero por la regencia de su madre y de su tío, el infante don Fernando (futuro Fernando I de Aragón), y más tarde por el valimiento del condestable Álvaro de Luna y las guerras contra los infantes de Aragón (los hijos de Fernando I, pertenecientes, por tanto, a la misma Casa de Trastámara). Le sucedió su hijo Enrique IV, el Impotente (1454-74). Durante su reinado la autoridad monárquica quedó debilitada en beneficio de la nobleza y de los validos, Juan Pacheco y Beltrán de la Cueva. A este último se atribuyó la paternidad de la heredera del trono, Juana, la Beltraneja, al tiempo que se difundía el rumor de que el rey era impotente.

Tales rumores fueron alimentados por los partidarios de la hermana de Enrique, Isabel I, la Católica (1474-1504), que le disputó el trono apoyándose en la nobleza y, tras su muerte, se hizo proclamar reina imponiéndose a los partidarios de su sobrina Juana. Su matrimonio con el rey Fernando II de Aragón (también un Trastámara) unificó las Coronas de Castilla y Aragón. Pero los Reyes Católicos no tuvieron heredero masculino, por lo que su herencia fue transmitida a la Casa de Habsburgo, a través de Juana I, la Loca, Felipe I, el Hermoso y Carlos I.

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En cuanto a la rama aragonesa de los Trastámara, esta arranca con Fernando I, el de Antequera (1412-16), hijo de Juan I y regente de Castilla durante la minoría de edad de su sobrino, Juan II. En 1410, vacante el trono aragonés, al morir el último representante de la Casa de Barcelona, Martín I el Humano; y tras un periodo de anarquía, una asamblea de notables se inclinó por hacer rey a Fernando de Trastámara (Compromiso de Caspe, 1412). Este rey recibe su sobrenombre de su participación en la reconquista de la plaza de Antequera contra el reino musulmán de Granada (1410). En 1413 consolidó su acceso al Trono derrotando a los nobles que se le oponían, encabezados por el conde de Urgel.

Pudo así transmitir la Corona a su hijo Alfonso V, el Magnánimo (1416-58), que dedicó todas sus energías a proseguir la expansión mediterránea de la Corona catalanoaragonesa, iniciada por su padre. Incorporó Sicilia, Cerdeña y Nápoles, y llevó sus campañas guerreras hasta el Mediterráneo oriental. Durante su reinado continuaron las guerras con Castilla.

Al morir desgajó la herencia, dejando Nápoles para su hijo bastardo, Fernando I de Calabria, mientras que Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca pasaban a su hermano Juan II de Aragón (1458-79). Éste fue, además, rey de Navarra por su matrimonio con Blanca I; y, al morir ésta en 1441, intentó usurpar el Trono navarro en detrimento de su hijo Carlos, dando lugar a una guerra civil entre agramonteses (partidarios de Juan II) y beaumonteses. El apoyo de Castilla a estos últimos desencadenó además la guerra con Castilla.

Juan II triunfó frente a sus adversarios e impuso como reina de Navarra a su tercera hija, Leonor, casada con Gastón de Foix, de donde arranca la implantación en Navarra de la Casa de Foix. Pero el conflicto entre Juan II y su hijo Carlos se extendió a Cataluña, donde provocó una guerra civil (1462-72) entre el rey, los payeses de remensa y la facción popular de la Busca, por un lado, y la Diputación, por otro. La Diputación llegó a ofrecer la Corona de Cataluña a Enrique IV de Castilla, a Pedro de Portugal y a Renato de Provenza. El rey se impuso gracias a la ayuda de Luis XI de Francia, al que hubo de compensar con la entrega del Rosellón y la Cerdaña.

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A Juan II le sucedió en Aragón su hijo Fernando II, el Católico (1479-1516), casado con la heredera de Castilla. Durante su reinado volvió a incorporarse a la Corona aragonesa el reino de Nápoles, que había permanecido en manos de una rama colateral de los Trastámara desde Fernando I de Calabria (1458-94), hijo bastardo de Alfonso V de Aragón, a quien éste legó por testamento el reino de Nápoles. Tras imponerse en dura lucha contra los barones napolitanos partidarios del duque de Lorena, consolidó su poder y lo transmitió a su hijo Alfonso II (1494-95). La Corona de Nápoles pasó de éste a su hijo Fernando II (1495-96) y luego a otro hijo de Fernando I, Fadrique (1496-1501), antes de reincorporarse a la rama principal de los Trastámaras aragoneses en la persona de Fernando el Católico.

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